Aquella noche era invierno. Hacia poco que el sol había declinado, y me dirigía a mi casa por un camino que atravesaba el bosque. Los altos eucaliptos se bamboleaban con el viento, que gemía cuando pasaba a través de ellos. Las sombras parecían moverse, y las ramas, iluminadas por la aún temprana luz de la luna llena se asemejaban tanto a unas garras gigantes, que en un momento dado me eché a temblar.
Consulté mi reloj. Era bastante tarde. Mis padres estarían preocupados.
Aceleré el paso, con las manos en los bolsillos de la gabardina, colocándome mejor la bufanda. Vi, con esfuerzo, como el camino se iba cubriendo de tierra por los lados, hasta que quedó refugiado por dos muros húmedos de tierra y musgo a los lados. Una congostra.
El frío empezó a acentuarse más. Estar bajo la tierra, tan húmeda, no hacía más que acrecentar la gelidez del aire.
En un momento dado, un lobo aulló en la lejanía.
Empecé a recordar todas las historias de demonios y apariciones que mis padres y mis abuelos nos contaban a mis hermanos y a mi por las noches, mientras jugábamos a cartas, y eché a correr por el camino.
En un momento dado, sentí que algo tiraba de mi hacia atrás, y me detuve. Me sostenía por el cuello de la gabardina. Me temí lo peor.
--- ¿Quien eres? ¿Qué quieres de mi?---me atreví a preguntar. Metí una mano lentamente en el bolsillo de mi pantalones, y saqué una navaja que llevaba siempre encima.
No me veía capaz de girar la cabeza, por miedo a que me matara el que fuera que me agarraba. Como no respondió, saqué fuerzas de flaqueza para repetir:
--- ¿Quién eres?--- como tampoco respondió, opté por seguir de otra manera---. Oye, seas quien seas, me da lo mismo. Anda, suéltame la gabardina, que es de mi hermano, y si se la estropeo me matará.
Esta vez, el extraño tampoco respondió. Intenté desasirme, pro no lo conseguí.
Ya está, pensé, es el demonio, que ha venido a buscarme. ¿Pero quien me mandaría a mi atravesar el bosque de noche? Y si no es el demonio, será la Santa Compaña, que tampoco es ningún consuelo.
Y así me quedé, esperando, durante toda la noche, sin atrever a girarme. Muerto de miedo.
Y, con las primeras luces, pareció encenderse mi valor, porque empecé a girar lentamente la cabeza, con la navaja preparada, y cuando vi que era lo que me sujetaba, me enfurecí y le pegué un tajo, liberándome.
--- ¡Increíble! ¡Malditas silbas! ¡!Malditos sean el demonio, la Santa Compaña y todo espíritu!---grité, cabreadísimo por haberme pasado toda la noche de pie por culpa de una zarza.
Le dí un último corte, más por enfado que por necesidad, y la pateé con ganas gruñendo:
--- Y que sepas, que de haber sido un hombre, ¡te habría hecho lo mismo!